Crónica de un Adiós Anunciado




 Ya no llores. No me hagas sentir peor de lo que me siento…


Ella le pidió que le dijera si ya lo había perdido para siempre. Él no quiso contestar. El daño estaba hecho. No podía de por sí soportar su culpa. Mírame a los ojos y contesta: ¿Te perdí para siempre? – Ya jamás seremos pareja. Ella bajó los ojos. Necesitaba escuchar las palabras exactas. Como si pudieras pedirle al verdugo a donde clavar la navaja, para que la muerte fuera más rápida. Como si quedara algún retazo en esta situación que estuviera bajo su control. Ella se perdía a sí misma. A todo lo que pensó, a todo lo que sentía. Y con el maldito corazón hecho trizas lo único que podía pensar era: si me voy de su vida, morirá. Se dejará caer, me aleja de su lado porque no le permito que se regodeé en su dolor. Soy un obstáculo para su infelicidad ¡No puedo tolerar eso! Sentía que le faltaba el aliento, no podía respirar.

El inevitable trancazo contra la banqueta estaba cerca. Fueron 6 meses desde que te lanzaste de aquel edificio… el suelo se aproximaba, era inminente, y tú sólo querías gritarlo a tu cerebro, porque seguías aferrándote, Insistías: ¿Te perdí para siempre? – Él musitó de nuevo la misma frase, al ver la insistencia, comprendió. Y sólo respondió: Si…
Ella se levantó y tomó sus cosas. Trató de contener las lágrimas y solo dijo. Adiós, gracias por el café. Se levantó y se fue.

 Los minutos anteriores habían sido una pesadilla. Sólo había querido salir huyendo: quería abrazarlo, quería gritarle que dejara las estupideces, que no le diera la espalda a esto. Hubiera querido no llorar, no trató de disuadirlo. Ella quería también dejarlo libre. Él no la amaba, eso era claro. Y ella no quería estar con alguien que no la quisiera. Entonces, si ya lo sabía, si no hubo sorpresa, ¿porqué dolió tanto?. Él la besó, la abrazó, le rogó que no se pusiera así, que no valía la pena. Que ella se merecía a alguien diferente. Que él no podía ser lo que ella necesitaba. Ella sólo quería huir, pero sabía que al levantarse de aquel lugar, no volvería a verlo.

Él no le quitó la vista mientras ella se alejaba. No dudó de su decisión, pero al verla irse le dolió el alma y sintió alivio. Con el tiempo, ella estaría bien, era lo único importante. Sí la quería, ella no entendió nada. No había vuelta atrás. Ella trató de no mirarlo. Las lágrimas la arrasaban, se subió a su coche aún tratando de disimular el grito ahogado en su garganta. Sentía tantas cosas: dolor. Miedo. Desesperación: desesperanza. Él le había roto el corazón, y lo que más coraje le daba es que no podía dejar de pensar que de allí, él solo iría en picada. 


Acababa de privarse de lo mejor que les había pasado a ambos en muchos años. Se sentía culpable. Tan culpable, no merecía ser feliz, y jamás la haría feliz a ella. No él. No… le daba lo mismo ahora vivir o morir. Él tenía la certeza que era lo mejor. 

Él la vio arrancar su coche e irse.
Se quedó preocupado por ella. Cómo hubiera querido que ella no hubiera reaccionado así. Cómo hubiera querido no haberla besado aquel día. Cómo hubiera deseado haber tenido el suficiente sentido común de no haber comenzado nada entonces. No había vuelta atrás. El daño estaba hecho. El terminarlo ahora no mitigaría el dolor, pero al menos evitaría que luego fuera peor.
Su vida era un caos. Era el resultado de aquel día haberla besado. Como los más bellos espejismos, todo había comenzado hermoso. Ella había sido un oasis en el desierto. Todo lo que deseó, todo lo que en algún momento le pidió a Dios, ella lo tuvo. Quizás en otro estuche, quizás jamás hubiera sido la mujer con la que hubiera soñado, pero ella era mucho más. Nunca soñó volver a confiar, sentirse cómodo de nuevo al volcarse en unos ojos… había tantos fantasmas, tanto dolor de tantos años, no podía fingir que eso no era un obstáculo. Luchó por mucho tiempo por intentar despojarse de los harapos viejos, de las viejas llagas, pero a veces, aún sangraban. Y ella no se merecía esto. No. De todas, ella menos. Cada día se sentía más y más culpable. Lo somatizaba. Un día, despertó con su brazo dormido, recuperó la sensación del brazo, pero de la mano no… él tenía que hacer las paces con él mismo. Y para ello, tenía que dejarla ir. Él no podía amarla. Tenía que decírselo.



Lo que ninguno de los dos pudo ver es que al extirparla de su vida le estaba mostrando todo el profundo amor que sentía. Él se iba, y le dejaba a ella la vida completa, sin él, hueco que ella llenaría algún día con alguien que la mereciera. Pero él… su vida. Su vida quedaba devastada. Lo único bueno en los últimos meses había sido ella. Y no soportaba la culpa. No podía arrastrarla a donde su corazón lo guiaba, a la total y absoluta destrucción.